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GENESIS en artículo Diario Clarín

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El capitán David Nix sube a a la máquina del tiempo y avanza hacia el futuro. Se ve un mundo devastado. Falta poco para el apocalipsis. El  planeta se extinguirá. Casey Newton pregunta si ya tiene esa información, por qué no la transmite a la sociedad. Nix es escéptico:

“Ya lo hicimos. Los humanos se comieron la información como un chocolate. No temieron su destrucción. Empaquetaron esas imágenes y las disfrutaron como un videojuego mientras la tierra se derrumbaba. A cada momento tienen la posibilidad de un futuro mejor, pero no lo ven. Y lloran por ese horrible futuro resignados a que llegue. Porque ese futuro no les grita que hagan un cambio ahora. Nosotros vimos el iceberg y advertimos al Titanic, pero siguieron de frente igual, a toda máquina… ”.

Bastan 30 segundos para que Hugh Laurie (el “capitán Nix”) advierta a Britt Robertson (“Casey Newton”) en la película “Tomorrowland”, los peligros de un mundo que se pierde entre la contaminación y el cambio climático. El apocalipsis que muestra la nave del futuro no es una fantasía. Tampoco es futuro.

En el suroeste de la provincia de Buenos Aires el viento vuela los suelos, se pierden centímetros de tierra productiva que vuela hacia el mar. El capital natural se degrada. En el Chaco paraguayo, según un informe de la Asociación Guyra Paraguay, se deforestó 36.355 hectáreas de bosques sólo en el mes de enero de 2015. Paraguay registró el mayor porcentaje, con 52 % de áreas de desmonte, Argentina el  34 % y Bolivia, el 14 %. Argentina deforestó 400 hectáreas por día. A ese ritmo, en menos de dos meses se deforesta una superficie de bosques equivalente a la de la ciudad de Buenos Aires (20.000 ha.).

Se pierde el bosque nativo -que se reemplaza por cultivos de tipo industrial-; se pierde la calidad del suelo -e impide la absorción de las lluvias-, aumenta el caudal del río Paraná, -que impacta en la logística agrícola a la vera del río-. No se trata de un fenómeno focalizado en el Chaco-Paraguayo: se calcula que el 47% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs) de América Latina y el Caribe son producto de la deforestación.

En la zona de Cuyo, la falta de nieve en las cumbres -se perdió el 50% del caudal hídrico en el último medio siglo- la falta de agua impacta en la vitivinicultura y la agricultura. Se lo denomina “stress hídrico”. Como sucede en la región del Comahue (provincias de Neuquén y Río Negro) en la que los ríos también perdieron caudal, en promedio, y es escasa para las represas hidroeléctricas y para el riego, sobre todo en verano, cuando más se la necesita.

Aludes, inundaciones, sequías, deshielos, sudestada… “Tomorrowland” llegó al país en forma lenta y continua, desde hace muchos años. (Ver página 39).

Según el último estudio de la Dirección de Cambio Climático (año 2000) la “contribución” argentina en la emisión de GEIs es del 0,84%, que sitúa al país, por volumen, en el puesto 25 a nivel mundial y en el 53 en las emisiones per capita. En América Latina, Argentina está tercera, después de México y Brasil.

“Los de Argentina son niveles relativamente altos. Las emisiones provienen de energía, agricultura y ganadería (ver Infografía pág. 40). Si la Argentina decidiera cambiar, tiene que haber una definición política del más alto nivel para conocer cuál será el perfil productivo del país en los próximos treinta años. Para reducir las emisiones hay que transformar la generación de energía, en la infraestructura, en transporte, agricultura, gestión de residuos. En el futuro, Argentina puede convertirse en un extraordinario oferente de “energía limpia”. El cambio climático propone desafíos éticos, políticos y económicos. Pero mi sensación es que el país mira excesivamente al corto plazo”, indica Hernán Carlino, investigador de la Fundacion Di Tella, a Clarín.

En el período 1950-2005, el país contribuyó con el 0,5% de las emisiones globales. Argentina está 30 en el ranking mundial. Para el país  implicó, como hechos observados, el aumento de la temperatura media en el norte del país, disminución en la zona cordillerana, aumento en el nivel del mar y del Río de la Plata, con los consecuentes “daños colaterales” como dificultades en la provisión de agua potable, enfermedades tropicales (dengue), “stress hídrico”, o mayor riesgo de incendios forestales.

Para los próximos treinta años, Vicente Barros, miembro del grupo intergubernamental de expertos en cambio climático (IPCC) no prevé “amenazas muy importantes” en las actividades productivas, pero marca dos items, entre los más graves, que están ocurriendo y se intensificarán a lo largo del siglo.

Más precipitaciones intensas con secuela de inundaciones, daños y hasta muertes en ambientes urbanos.

Olas de calor, como la de verano 2013-14 en Buenos Aires y otras ciudades, con secuela de muertes, que se van a hacer más frecuentes e intensas.

Hasta el jueves pasado, en la Convención de Lucha contra el Cambio Climático de la ONU representantes de 196 países se reunieron durante 10 días para definir un compromiso vinculante que limite el incremento de la temperatura global a 2°C respecto a la era preindustrial.  Pero los compromisos, sin fuerza legal, para reducir las emisiones de GEIs ya sufrieron muchas dilaciones. (Ver columna “Hay que revivir…”)

Ramiro Fernández,  director de Cambio Climático América Latina, de la Fundación Avina, participó en la Convención. “Para mantener el límite de 2°C se requiere la transformación drástica del actual modelo de desarrollo. Algunas opciones, que se puedan medir en 2050 ó 2070, son: carbono neutral, emisiones cero o asegurar el 100% de energías renovables (en reemplazo de las que provienen de combustibles fósiles). Fernández es optimista. Cree que en la Conferencia sobre Cambio Climático de París, prevista para diciembre, los países del G7 firmarán acuerdos con fuerza legal para reducir emisiones. “En los últimos 6 años los impactos sobre la naturaleza crecieron y aumentaron la conciencia y se están asumiendo compromisos. El martes pasado, el G7 se comprometió a descarbonizar totalmente sus economías en 2100. Es un mensaje político para cerrar el acuerdo de París que garantice una meta global a largo plazo”, afirma.

En muchos países, la mitigación y adaptación al cambio climático ya no alcanza: los impactos son irreversibles. “Para ellos, además de los costos que supone la transformación tecnológica y energética, habrá un costo adicional que se traducirá en pérdidas ecosistémicas todavía no cuantificadas. Si bien la comunidad internacional ha puesto un número de USD 100 mil millones para costear el cambio climático, se calcula que la cifra será cercana a los 300 mil millones de dólares por año…”, dice Alejandra Cámara, titular de “Génesis”, consultora en Cambio Climático y Sustentabilidad.

Quiénes pagarán el desastre medioambiental es parte de las discusiones entre los países. Quizá el Capitán Nix, desde su máquina del tiempo, ya sepa algo.